sábado, 19 de diciembre de 2009

Palabras para Aminetu


Te escribo porque las palabras se me agolpan, queriendo derramarse, rompiendo los cercos del silencio. Te escribo porque recién me entero que regresas y te marchas. Porque vuelas y porque el cielo está lindo, porque se despejó y las estrellas salieron a pavonearse en el oscuro de la noche. Gracias viento, por quitarnos un rato las nubes de estos finales de otoño. Está lindo, me dice la compañera. Hoy es un buen día. Te escribo para decirte que las lágrimas ya salieron y que el pecho se nos liberó.

Pero te escribo, sobre todo, para que recojas mi agradecimiento y lo hagas caminar a tu lado, por las calles ocupadas de El Aaiún. Tu regreso desenredó el barullo que teníamos en el estómago. Nos liberaste de la angustia ante la posibilidad de verte morir. Aunque estamos a tu lado, mucho más cerca de lo que nunca imaginaste. Será tu sonrisa suave y dulce, como el mejor de los tes. Será tu cuerpo frágil o tu humildad. No lo sé, pero conseguiste que toda la energía de la rabia y el dolor acumulado en más de treinta años, convergiera, en un solo grito: el de tu regreso. Y con él acabó saliendo también la vergüenza. La de pertenecer a un estado que entregó a tu pueblo al túnel oscuro de la tortura, del exilio.

Gracias porque ahora tu pueblo vuelve a existir. Porque ahora recobra la esperanza. Porque muchos miraron para Lanzarote y vieron las palizas, los secuestros, las desapariciones, las humillaciones, la muerte en las cárceles y en las calles del Sáhara Occidental. Tu rostro sereno, tu hablar lento, era lo que necesitábamos. Para descubrir que seguimos vivos. Que los valores, que los ideales, no se marcharon. Que siguen aquí y que son capaces de unirse. Para defendernos y para defenderte. Para ayudarte en tu largo camino de vuelta.

Seré tópico pero no puedo contenerme las ganas de darte las gracias por tu preciosa lección de dignidad. Es el ¡basta ya! más firme que he visto en mucho tiempo. El de una mujer que ya no tiene miedo a la muerte ni, a lo que es peor aún, a la feroz represión que alimenta el odio marroquí. Dicen que la dignidad le sale a aquel que es sensible a las ofensas, a los desprecios y a las humillaciones y que es digno aquel que no tolera esas cosas. Había que buscarle una palabra a tu lucha y el pueblo saharaui ya la había encontrado. La lleva guardada en sus melfas y en sus darrás. La dignidad en la lucha por una patria liberada.

Eres una bocanada de esperanza. De alegría. Esta noche linda sonrieron nuestros corazones. Llevábamos semanas dando lo que podíamos. Un grito. Un aplauso. Una camiseta. Un mensaje. Un abrazo imaginado. Una pancarta. Una firma. Aminetou fuimos todas. Queríamos serlo. Miles de Aminetou, en todas las ciudades, en los pueblos. Nos pusimos tu cara, para que no se nos viera. Para que, de una vez por todas, se vieran obligados a mirarte a los ojos. A los ojos de un pueblo ignorado, casi olvidado, condenado a no tener futuro, represaliado, expoliado. Pero en pie. Siempre.

Apenas te conocíamos y ahora ya eres parte de nuestras casas. Viniste para quedarte. Para decirnos que por estos caminos no podemos seguir, que nuestras vidas no están en manos de nadie más que nosotras mismas. Y que sólo nosotras tenemos derecho a decidir. Gracias también por eso.

Te deseamos que tu regreso sea feliz, que puedas abrazar a tu madre y a tus hijos. Que te recuperes bien y que sigamos compartiéndonos durante mucho tiempo. A lo mejor ni siquiera leerás esto nunca, aunque tengo confianza en que el siroco lo haga revolotear hasta el continente. Pero, por si acaso, quiero regalarte esto y, si quieres, riégalo por ahí, para sepan que, a este lado hay muchos abrazos.

SUAVE Y DULCE

Té que baja desde el cielo y se aposenta en la vida de la esperanza. Que se une con la luna para que brillen los ojos de miel de los hombres de la nube. Que se revuelve en espumas para limpiar los fusiles de la independencia. Que se acerca, con la seguridad de un porvenir limpio, a los labios de los niños. Enseñándoles el lado digno de la vida. El claroscuro de la libertad robada. El dulce recuerdo de los hermanos que murieron antes y de los que esperan al otro lado del muro. Al otro lado de la resistencia.

Gracias hermana. Gracias, compañera. Seguimos gritando ¡Viva el Sáhara libre!

José Manuel Hernández.

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